¿Domina el dinero nuestras vidas?

3 19 2019 - Sin comentarios, sé el primero
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¿Domina el dinero nuestras vidas?

En los últimos días no encuentro más que personas que hablan de dinero. Es el único prisma de su existencia, su única motivación, su único valor. A veces me desconcierta este vacío y, sobre todo, la convicción que tienen de que todo el mundo no puede menos que pensar de la misma manera. Toda acción humana se juzga conforme a su única matriz de identificación monolítica: el dinero. Una acción gratuita, la voluntad de ayudar a los demás, de compartir... Les parece totalmente extraña.  Incluso despierta sospechas, por fuerza esconde la intención de hacer dinero, hay truco. Incluso los actos más anodinos son motivo de desconfianza. Ayudar a una persona mayor a llevar unas bolsas demasiado pesadas (tengo que convencerles de que no voy a salir corriendo con sus compras), sostener la puerta para que entre una persona...

La gente está a la defensiva, es desconfiada... los valores que he recibido por mi educación sumamente tradicional han quedado desfasados. Se perciben como engañosos (¿voy a aprovecharme de la persona mayor indefensa?, si sostengo la puerta, es que quiero ligarme a la chica...). Me enseñaron valores que ya no existen: ayudar a los demás es la mejor recompensa. ¿Qué fue de la caballerosidad, del honor, de la dignidad?

Ya me había encontrado con este tipo de incomprensión, por ejemplo, cuando dejé mi puesto de profesor de informática en las oficinas principales de Renault. Formé personalmente a todos los directivos de la época, desde Louis Schweitzer a Carlos Goshn, entonces número 2. Era su formador personal, pasaba directamente a sus despachos mientras que los subdirectores debían esperar en la sala de espera –manera de reafirmar la jerarquía, lo que me daba un «aura» en la sede social (ridículo)–, en fin, un puesto de oro, protegido, muy lucrativo.

Esto no me impidió dimitir para ganar la mitad menos trabajando como profesor de historia. Preparaba las oposiciones como candidato libre después de la jornada de trabajo en la sede. Pero todavía había personas a mi alrededor que podían comprender que valía más tener un trabajo que pudiera considerar útil a la sociedad que un trabajo bien pagado sin interés social. Esto fue hace quince años.

¿El dinero como único factor de realización personal?

Hoy en día, cuando miro a mi alrededor, ya no veo a  muchas personas que intenten ser felices, llenar sus vidas con una actividad interesante, con una pasión, incluso si no es especialmente lucrativa. Recibo emails que me dicen ¿pero, por qué no operas más, por qué no haces solo eso? Porque el dinero no es un fin, la libertad sí, y se puede ser muy libre con poco dinero. Prefiero pasar un día leyendo o haciendo el muerto en la piscina que operando para decirme: bien, he ganado 1 000 € pero no hecho nada con el día , solo ganar dinero que va a acumularse en una cuenta. Más, y más aún... ¿para qué? ¿Para un coche nuevo? Triste...

He intentado comprender por qué la sociedad ha evolucionado de esta manera, por qué se ha vuelto más cínica, más dura y totalmente entregada al becerro de oro. Y, finalmente, por qué es el dinero la única finalidad de una existencia que terminará entre cuatro tablas.

¿Por qué se convierte el dinero en el centro de la sociedad?

Pienso que es una combinación de varios factores. La crisis económica ha causado la angustia de la clase media con la instauración de la precariedad económica y psicológica. Un empleo es una «suerte», un bien precioso que hay que defender, conservar incluso a costa de aplastar a los compañeros para no ser el primero en salir en la ronda de despidos. Para aprovechar esta suerte (?), para conservar su trabajo, los empleados lo han aceptado todo: incremento de los ritmos de trabajo, de la presión, horas extraordinarias no pagadas, reducciones salariales, etc., lo que hace que, actualmente, la empresa ya no sea un lugar de trabajo sino de competencia, de presión, pobre del que se rinda, del que no alcance su objetivo, del que parezca cansado...

La gente a veces termina incluso por identificarse con su empleo, lo cual puede causar tragedias cuando pueden perderlo. Además de unos ingresos fijos, lo que pierden claramente es la identidad. El último mes que trabajé en Renault había hablado con un colega que se jubilaba. Le veía mal, muy mal, angustiado a pesar de sus sonrisas y de los típicos juegos de palabras durante la fiesta que se organizó para su despedida. Él se confió y yo intenté tranquilizarle; tres semanas más tarde se suicidó... No tenía ningún proyecto, ni más identidad que su trabajo.

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El dinero hace la felicidad

La imagen que nos transmiten los medios de comunicación: para ser feliz, hay que consumir. Se es mucho más feliz con un Porsche que con un Laguna. Es una obviedad incontestable; si no, nuestra sociedad se hunde. Para consumir se necesita dinero, para tener dinero hace falta tener un trabajo, para tener trabajo hay que tragar sapos y culebras.  Esto vuelve a las personas más agresivas, porque en el trabajo tienen que controlarse pero fuera, pueden agredir a cualquiera que dude en girar a la derecha o a la izquierda con el coche.

Esta violencia interna está tan controlada por la empresa que, cuando se despide a un directivo, éste puede llegar a suicidarse. Se siente culpable, ya que si le han despedido es porque es un inepto. Así que se podría esperar que cogiera una escopeta y que practicara el tiro al blanco con su director de recursos humanos. Pero no, vuelve la violencia contra sí mismo y se mata. Esto nos muestra el poder de  la empresa para que el empleado se sienta culpable, pero también nos muestra que, para muchas personas, su identidad está ligada a su trabajo. Dejan de ser el señor Sánchez, para convertirse  únicamente en un profesor, un médico o un ingeniero.

Una sociedad narcisista

La sociedad es mucho más narcisista. El «Yo» se convierte en el centro de todas las conversaciones; el «Nosotros» tiende a desaparecer. La individualización avanza en todas partes, incluso dentro de la pareja que, no obstante, es la unidad más pequeña posible de dos seres. En la pareja, cada uno puede reivindicar una felicidad individual que se presenta como normal y enriquecedora. Incluso si la pareja se resiente por ello. Yo quiero, yo hago, mi pareja no es estupenda, la dejo. Los sitios de contactos son la quintaesencia. Son el supermercado de las citas. Consumimos, pero nos atamos poco porque siempre existe la posibilidad de encontrar algo mejor.  Siempre habrá alguien más rico, más guapo, más inteligente, más fuerte. El vivero se renueva continuamente, como los coches o los televisores. Un frenesí consumista que llega incluso a los seres humanos.

El individualismo ha progresado increíblemente. La idea de que el otro no es un amigo potencial sino un peligro potencial se acentúa cada vez más. Este individualismo, en mi opinión, se explica por esta sociedad competitiva. ¡Pobres de los vencidos!, mataré para conservar mi trabajo, mi sueldo, mi dinero, mi consumo. Porque, en última instancia, es mi identidad en una sociedad comercial. Se produce entonces el efecto ostentación. Lo importante en la vida es el dinero que permite comprar bienes de consumo que despertarán envidia. Se podrá disfrutar de la superioridad consumista presumiendo de coche o del último ordenador. Su valor será el reconocimiento social y los celos del vecino o del colega. Hago muchos sacrificios para pagar por leasing mi coche de lujo. Como mínimo espero celos por parte de mi vecino. Si no, ¿para qué sirve hacer tantas horas extraordinarias?

¿Todo esto para llegar a dónde? A un gran vacío... a no vivir más que para la mirada del otro... y a soñar con un Rolex a los 50 años. Las personas me dan miedo...

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